—Creéme que para nosotros es muy difícil decirles esto. Pero no queremos mentirles. El tumor está volviendo a crecer y ya está cerca del hueso. Te va a infiltrar la vejiga, la vagina, el útero, el colon, y no hay nada que podamos hacer, ni siquiera algo experimental. Los rayos no sirvieron, y en el tipo de carcinoma tuyo la quimioterapia no sirve. Sólo queda operarte. Y te vamos a operar porque sos joven, tenés 36 años, Malvina. Lo hablamos con el Comité de Tumores. Expusimos tu caso y llegamos a un acuerdo. Tenés que saber que este tipo de cirugías ya no se hacen, por el alto grado de morbilidad que tienen. Pero en tu caso, si vos querés...
No lo podemos creer. Parece una pesadilla. El equipo de médicos oncólogos del Instituto Roffo está reunido delante de mí y Malvina. Diciendo cosas horribles sobre el futuro. Todo, todo salió mal.
—¿Y qué pasa si ella no quiere? —pregunto, a duras penas.
—Podemos esperar a tener suerte y que el tumor se encapsule. —Sacude la cabeza, apenado—. Aunque como viene, viste... y según nuestra experiencia, no lo veo.
—Pero ¿qué hacen ustedes si no se opera?
—Un tratamiento sintomático, le vamos a administrar calmantes para que no tenga dolor.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo? —pregunta Malvi, y yo siento el frío de su mano.
—No tienen que decidir ahora, pero hay que apurarse.
Antes de retirarnos del consultorio, cruzo una mirada con el médico jefe. Tres meses, dice con los labios, sin emitir sonidos. Tres meses máximo. Nunca voy a olvidarme del momento en que caminamos con Malvi fuera del pabellón, y nos sentamos, mudos, en un banquito de piedra, bajo los árboles que bordean la entrada a la Fundación. Era una mañana soleada. Pero nuestro universo se estaba haciendo pedazos.
—Ay, Malvi... Mi amor... por Dios, mi amor... No sé qué decirte.
—Yo sabía —dice ella, mirando la vereda—. Yo presentía que iba a salir mal.
Luego volvimos a La Plata, aunque no recuerdo haber hecho el camino de regreso.
21.3.05
20.3.05
Tres meses
Como en un sueño, transito el camino odioso que sigue a la muerte. Por dentro siento el infierno, que no puede ser ese lugar en llamas del Dante sino aquel otro, oscuro y silencioso, el de la ausencia, el de la soledad. Aturdido por una vergonzante mezcla de alivio con el dolor extremo de la pérdida, voy cumpliendo cada acto, como se espera que haga, porque es mi esposa, era mi esposa, y debo terminar lo que comenzó dos años atrás.
Por última vez apoyo mis labios en la frente pálida, todavía tibia. Le prometí que no lloraría, no en ese momento. Me despido de médicos, de enfermeros, esos seres increíbles que dan lo mejor de sí a pesar de las carencias. Me abrazan, alguno hasta se permite emocionar, y eso que ven la muerte casi todos los días. Me dicen que admiran a Malvina, por su fortaleza, por la entereza de decidir la hora de su final. Hago una llamada, mientras algunos parientes comienzan a llegar. Me dicen cosas que apenas escucho. Espero a que me llamen en las puertas del hospital. El descenso a la morgue es difícil, es espantoso. Pero es la regla. El cuerpo de Malvina me espera en una camilla herrumbrosa, envuelto en un plástico rojo. Por la puerta entornada atisbo el horror de cuerpos amontonados, mortajas sucias de desinfectante. El olor de la muerte y el abandono. La sorpresa de ver ese espectáculo. El encargado de la morgue despega las cintas y abre la bolsa. Malvina. Aun en ese incontable horror, la veo bonita, con el rostro sereno, levemente inclinado. Parece dormida. Unos mechones de cabello le caen sobre la frente.
—Sí, es ella —digo, como desde la distancia. Alguien me palmea la espalda.
El empleado de la funeraria se la lleva. No, no se la lleva, no es Malvina. Se lleva ese cuerpo... no tengo que olvidarme que mi Malvi es más que eso, y que está en otra parte, en esencia. Es sólo un cuerpo... solamente un cuerpo.
El celular suena cada tanto y me susurra palabras de aliento. Que tengo que seguir, que la vida es así, que tengo dos hijos y toda una misión por delante... hasta me dicen que tengo que rehacer mi vida en pareja, que no me tengo que quedar solo. Nada de eso tiene sentido para mí.
Las horas pasan. Todo el tiempo el celular me aconseja, me pide que sea fuerte. Recorro el camino obligado de funeraria, velorio, procesión, de los amigos que aparecen de improviso y por poco me hacen fallar mi promesa de no llorar. El camino termina un mediodía en el cementerio. Bajo el sol de noviembre tiramos pétalos de rosa sobre el pequeño obelisco de madera todavía caliente con las cenizas de Malvina.
El celular sigue pidiéndome que no me quiebre. Nada de lo que dice realmente sirve. Aunque yo sabía que esto iba a pasar, aunque uno diría que es posible prepararse para el final, lo cierto es que el momento concreto de la muerte marca un antes y un después. En el antes hay horror, cosas que no se pueden apartar de la mente, como los días y horas finales; en el después hay incertidumbre, angustia, el increíble abismo de la ausencia.
Por la tarde, mientras juego con mis hijos disimulando la pena, suena de nuevo el celular. Esta vez es diferente, y es la única llamada que me sirve.
—Soy el general Leal —dice la voz, ronca, de un anciano—. Usted no me conoce, y no he podido estar porque acabo de enterarme por un compañero del ejército.
—Es un honor, general, y claro que lo conozco, aunque no personalmente. Le agradezco...
—Sólo quiero decirle esto: ahora usted está muy angustiado, muy dolorido, pero va a pasar en tres meses. Tres meses, Durgan, y usted va a poder ver las cosas en perspectiva. Los momentos desagradables se van a disolver y usted va a poder recordar a la hija de Domingo de otra forma.
—Yo... tres meses —Un plazo firme, invalorable, una roca de donde agarrarme en medio de la tormenta—. Entiendo. General, le agradezco, yo...
—Me hubiera gustado estar ahí con usted, y con Marta. El padre de Malvina fue un gran hombre. Más que un compañero de expedición fue un amigo, y yo prometí estar siempre al tanto de sus hijos. Recuerde, Durgan, en tres meses usted va a poder vivir con esto.
Por última vez apoyo mis labios en la frente pálida, todavía tibia. Le prometí que no lloraría, no en ese momento. Me despido de médicos, de enfermeros, esos seres increíbles que dan lo mejor de sí a pesar de las carencias. Me abrazan, alguno hasta se permite emocionar, y eso que ven la muerte casi todos los días. Me dicen que admiran a Malvina, por su fortaleza, por la entereza de decidir la hora de su final. Hago una llamada, mientras algunos parientes comienzan a llegar. Me dicen cosas que apenas escucho. Espero a que me llamen en las puertas del hospital. El descenso a la morgue es difícil, es espantoso. Pero es la regla. El cuerpo de Malvina me espera en una camilla herrumbrosa, envuelto en un plástico rojo. Por la puerta entornada atisbo el horror de cuerpos amontonados, mortajas sucias de desinfectante. El olor de la muerte y el abandono. La sorpresa de ver ese espectáculo. El encargado de la morgue despega las cintas y abre la bolsa. Malvina. Aun en ese incontable horror, la veo bonita, con el rostro sereno, levemente inclinado. Parece dormida. Unos mechones de cabello le caen sobre la frente.
—Sí, es ella —digo, como desde la distancia. Alguien me palmea la espalda.
El empleado de la funeraria se la lleva. No, no se la lleva, no es Malvina. Se lleva ese cuerpo... no tengo que olvidarme que mi Malvi es más que eso, y que está en otra parte, en esencia. Es sólo un cuerpo... solamente un cuerpo.
El celular suena cada tanto y me susurra palabras de aliento. Que tengo que seguir, que la vida es así, que tengo dos hijos y toda una misión por delante... hasta me dicen que tengo que rehacer mi vida en pareja, que no me tengo que quedar solo. Nada de eso tiene sentido para mí.
Las horas pasan. Todo el tiempo el celular me aconseja, me pide que sea fuerte. Recorro el camino obligado de funeraria, velorio, procesión, de los amigos que aparecen de improviso y por poco me hacen fallar mi promesa de no llorar. El camino termina un mediodía en el cementerio. Bajo el sol de noviembre tiramos pétalos de rosa sobre el pequeño obelisco de madera todavía caliente con las cenizas de Malvina.
El celular sigue pidiéndome que no me quiebre. Nada de lo que dice realmente sirve. Aunque yo sabía que esto iba a pasar, aunque uno diría que es posible prepararse para el final, lo cierto es que el momento concreto de la muerte marca un antes y un después. En el antes hay horror, cosas que no se pueden apartar de la mente, como los días y horas finales; en el después hay incertidumbre, angustia, el increíble abismo de la ausencia.
Por la tarde, mientras juego con mis hijos disimulando la pena, suena de nuevo el celular. Esta vez es diferente, y es la única llamada que me sirve.
—Soy el general Leal —dice la voz, ronca, de un anciano—. Usted no me conoce, y no he podido estar porque acabo de enterarme por un compañero del ejército.
—Es un honor, general, y claro que lo conozco, aunque no personalmente. Le agradezco...
—Sólo quiero decirle esto: ahora usted está muy angustiado, muy dolorido, pero va a pasar en tres meses. Tres meses, Durgan, y usted va a poder ver las cosas en perspectiva. Los momentos desagradables se van a disolver y usted va a poder recordar a la hija de Domingo de otra forma.
—Yo... tres meses —Un plazo firme, invalorable, una roca de donde agarrarme en medio de la tormenta—. Entiendo. General, le agradezco, yo...
—Me hubiera gustado estar ahí con usted, y con Marta. El padre de Malvina fue un gran hombre. Más que un compañero de expedición fue un amigo, y yo prometí estar siempre al tanto de sus hijos. Recuerde, Durgan, en tres meses usted va a poder vivir con esto.
Héroe
Ayer falleció en esta ciudad el sargento ayudante (r) Domingo Zacarías, uno de los miembros de la expedición argentina que conquistó el Polo Sur en 1965. El extinto, que había egresado como cabo de la Escuela de Mecánica del Ejército en 1956, integró en 1959 la dotación de las bases antárticas Esperanza y Belgrano. Su permanencia en los hielos lo convirtió en un experto en cuestiones polares, por cuyo motivo fue seleccionado en 1965 para formar parte del grupo que llegó al Polo Sur comandado por el coronel Jorge Leal.
Aquel exitoso intento, denominado “Operación 90”, estuvo a cargo de diez militares que provocaron la admiración de todo el mundo. Eran el coronel Jorge Edgard Leal (hoy general), el capitán Gustavo Adolfo Giro y los sargentos Domingo Zacarías, Julio César Ortiz, Roberto Carrión, Adolfo Oscar Moreno, Ramón Alfonso, Jorge Raúl Rodríguez, Alfredo Florencio Pérez y Ricardo Bautista Zeppi.
El sargento Zacarías, que se radicó en Salta después de retirarse del Ejército, nació el 4 de febrero de 1936 en Las Lomitas, Formosa. Estaba casado con Marta Gaczyñsky, con quien tuvo cuatro hijos, quienes también viven hoy en esta ciudad. Su deceso se produjo como consecuencia de una larga y penosa enfermedad, que enluta hoy a todos aquellos que admiraron su hazaña, así como a todos los hombres y mujeres que encuentran en su valor y su extraordinario tesón un ejemplo a seguir.
El Tribuno, 1992
Aquel exitoso intento, denominado “Operación 90”, estuvo a cargo de diez militares que provocaron la admiración de todo el mundo. Eran el coronel Jorge Edgard Leal (hoy general), el capitán Gustavo Adolfo Giro y los sargentos Domingo Zacarías, Julio César Ortiz, Roberto Carrión, Adolfo Oscar Moreno, Ramón Alfonso, Jorge Raúl Rodríguez, Alfredo Florencio Pérez y Ricardo Bautista Zeppi.
El sargento Zacarías, que se radicó en Salta después de retirarse del Ejército, nació el 4 de febrero de 1936 en Las Lomitas, Formosa. Estaba casado con Marta Gaczyñsky, con quien tuvo cuatro hijos, quienes también viven hoy en esta ciudad. Su deceso se produjo como consecuencia de una larga y penosa enfermedad, que enluta hoy a todos aquellos que admiraron su hazaña, así como a todos los hombres y mujeres que encuentran en su valor y su extraordinario tesón un ejemplo a seguir.
El Tribuno, 1992
Operación 90
El viento huracanado y el frío glacial no son los únicos peligros en la Antártida...
—Están las grietas en el hielo, no la llamada Gran Grieta, que ya la conocíamos, sino que avanzábamos en un territorio inexplorado desde tierra, en donde el hielo podía quebrarse, y si se cae en una grieta, prácticamente significa la muerte. Los diez expedicionarios éramos expertos en la Antártida; yo había ido por primera vez en 1952, trece años atrás, y el equipo tenía también experiencia, pero ahora avanzábamos en territorio desconocido, con montañas de tres mil metros de altura, y en donde todo era blanco, y el Sol no se ponía nunca. Había que usar anteojos oscuros para no deslumbrarse y hasta era posible perder la vista si no se los usaba. [...] Y no eran solamente las grietas, sino también las tormentas de nieve, que no te permitían ver a un metro de distancia. Y había que saber exactamente en dónde estábamos.
—No le entiendo.
—Claro. A medida que te acercás al Polo, la brújula ya no te sirve. No es cierto que la aguja de la brújula se ponga loca y gire; no. Pero se aplasta y ya no te sirve. Y todo a tu alrededor es blanco, sin puntos de referencia.
—¿Y cómo se orientaban?
—Como los navegantes, con el Sol. Pero había que saber cuál era la hora exacta. Generalmente se usa el top de las radios. Hubo un hecho curioso: las radios argentinas no llegaban, de modo que escuchábamos las únicas dos cuya potencia las hacía llegar hasta la Antártida: la BBC de Londres y Radio La Habana de Cuba. Mirá vos, tener que estar agradecidos a los ingleses y a Fidel Castro... irónico, ¿no?
Dios nos llevó de la mano, Revista Nueva
—Están las grietas en el hielo, no la llamada Gran Grieta, que ya la conocíamos, sino que avanzábamos en un territorio inexplorado desde tierra, en donde el hielo podía quebrarse, y si se cae en una grieta, prácticamente significa la muerte. Los diez expedicionarios éramos expertos en la Antártida; yo había ido por primera vez en 1952, trece años atrás, y el equipo tenía también experiencia, pero ahora avanzábamos en territorio desconocido, con montañas de tres mil metros de altura, y en donde todo era blanco, y el Sol no se ponía nunca. Había que usar anteojos oscuros para no deslumbrarse y hasta era posible perder la vista si no se los usaba. [...] Y no eran solamente las grietas, sino también las tormentas de nieve, que no te permitían ver a un metro de distancia. Y había que saber exactamente en dónde estábamos.
—No le entiendo.
—Claro. A medida que te acercás al Polo, la brújula ya no te sirve. No es cierto que la aguja de la brújula se ponga loca y gire; no. Pero se aplasta y ya no te sirve. Y todo a tu alrededor es blanco, sin puntos de referencia.
—¿Y cómo se orientaban?
—Como los navegantes, con el Sol. Pero había que saber cuál era la hora exacta. Generalmente se usa el top de las radios. Hubo un hecho curioso: las radios argentinas no llegaban, de modo que escuchábamos las únicas dos cuya potencia las hacía llegar hasta la Antártida: la BBC de Londres y Radio La Habana de Cuba. Mirá vos, tener que estar agradecidos a los ingleses y a Fidel Castro... irónico, ¿no?
Dios nos llevó de la mano, Revista Nueva
12.3.05
Buenos Aires
Caminando por una peatonal, bajo la noche iluminada de Buenos Aires, me detengo a comer una Pizza Personal y un vaso de Coke, arrebatando los dos últimos pesos a mis agujereados bolsillos. No hace calor, pero tampoco frío. Los cines abren sus fauces negras a unos pasos de mi porción de muzzarella, tragando una moderada fila de incautos. Enfrente, una rubia fantástica, ceñida en ropas negras y con gafas oscuras, reparte volantes y habla con los transeúntes. A mi izquierda, un muchachito de unos siete años me observa con ese antiguo brillo animal hundido en los ojos... hambre. ¿Es que acaso me queda otra moneda? Esas miradas involuntariamente obligan a escarbar los abismos en mis pantalones. Un curioso haz de láser baja sobre la calle, titubea, se arrastra por las paredes, diseñando corazones, espirales, estrellas. Arco iris tecnológico, el ojo de una bola numerada, gigantesca, exhalada del Bingo, dos cuadras atrás. No me queda ni un centavo, sólo el pasaje del tren para regresar a La Plata. El nene se lleva mi porción de pan y queso caliente, menos un bocado.
Entonces la rubia se me acerca. Tiene unos labios hermosos, rojos como ciruelas. Entre los pechos, incrustado en la ropa negra, lleva un aparato con luces intermitentes y números digitales; también en el cinturón y en la pierna izquierda. Una nena cyberpunk, o algo así. Me invita a pasar al local de enfrente. Los monitores dejan prever el morro oxidado de una astronave semienterrada en la niebla. Se llama Laser Shot. Veinte se meten con uniformes y rifles láser, pelean en un escenario metálico, extravagante, alienígeno. Los contadores del traje, me explica la rubia, disminuyen cuando los enemigos aciertan sus disparos de luz. Cuando el contador llega a cero, estás fuera. Muerto. Con otros tres voluntarios más se larga el juego, advierte.
Persigo la silueta del Obelisco, nadando entre la multitud tranquila que se pasea por la calle. A veces me meto en esos locales atiborrados de historietas importadas, música inconseguible y revistas pornográficas. Ah, sonrío. Empezaron a vender CD-ROMs junto a las películas en video cassette. Otras veces me quedo absorto en los murales de los edificios, viendo publicidad o leyendo noticias del momento. Muchos televisores emitiendo una sola imagen gigantesca, muda.
Estamos en 1995.
Me pregunto cómo será Buenos Aires dentro de 10, 20 años.
Entonces la rubia se me acerca. Tiene unos labios hermosos, rojos como ciruelas. Entre los pechos, incrustado en la ropa negra, lleva un aparato con luces intermitentes y números digitales; también en el cinturón y en la pierna izquierda. Una nena cyberpunk, o algo así. Me invita a pasar al local de enfrente. Los monitores dejan prever el morro oxidado de una astronave semienterrada en la niebla. Se llama Laser Shot. Veinte se meten con uniformes y rifles láser, pelean en un escenario metálico, extravagante, alienígeno. Los contadores del traje, me explica la rubia, disminuyen cuando los enemigos aciertan sus disparos de luz. Cuando el contador llega a cero, estás fuera. Muerto. Con otros tres voluntarios más se larga el juego, advierte.
Persigo la silueta del Obelisco, nadando entre la multitud tranquila que se pasea por la calle. A veces me meto en esos locales atiborrados de historietas importadas, música inconseguible y revistas pornográficas. Ah, sonrío. Empezaron a vender CD-ROMs junto a las películas en video cassette. Otras veces me quedo absorto en los murales de los edificios, viendo publicidad o leyendo noticias del momento. Muchos televisores emitiendo una sola imagen gigantesca, muda.
Estamos en 1995.
Me pregunto cómo será Buenos Aires dentro de 10, 20 años.
11.3.05
El rey de la colina, 1
La larga hilera de pinos se agita levemente. Sentado sobre la piedra fría, contemplo sin ver el paisaje de tumbas bañadas por el reconfortante sol de finales de invierno. Mi mente se ocupa de otras cosas, juega con recuerdos aunque trate de no pensar. Enciendo un cigarrillo. El humo revolotea y desaparece en la brisa fresca. Por un instante, distingo a Charlie caminando por el pavimento, mezclado entre los negros mausoleos de mármol y las sombras danzantes de los árboles. Pero no es él, sino otro silencioso desconocido visitando a sus muertos. Charlie no vendrá. Tengo su diario personal conmigo. Una vez más, me vuelvo hacia la odiosa inscripción:
Xtreme PC, septiembre de 1999
AQUI YACE EN PAZ
CHARLIE ANACLETO GARCIA
EL REY DE LA COLINA
1967-1999
Xtreme PC, septiembre de 1999
El rey de la colina, 2
Es duro perder a un amigo, aunque fuera Charlie. Uno siente como un vacío, como que algo no anda bien. Sufrimos la certeza de que estamos ante una simple distorsión que pronto pasará. Pensamos que el fallecido puede volver, que nada se lo impide. En un momento así puede lograrse la percepción necesaria para saber que la realidad es tan tenue como el humo de un cigarrillo. Fluctúa y cambia, persistiendo alrededor de nosotros. Existiendo sólo porque es inconcebible de otra forma. Debemos atenernos a lo que se nos ha enseñado como lógico y concreto. Estructuras, estantes repletos de pilas de normas y costumbres, lo que se debe hacer y lo que no, lo que es bueno o lo prohibido, simples castillos de naipes.
Xtreme PC, septiembre de 1999
Xtreme PC, septiembre de 1999
4.3.05
Padre Nuestro 4
—Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino. Hágase tu Voluntad...
—Aloooo.
—Ahí estás, viejo de mierda. Siempre tan cancherito.
—Soltá que no tengo tiempo.
—Te descubrí, cabrón. Nos mentiste durante miles de años, pero a mí no me jodés más. Nos tenés a todos convencidos de que sos una cosa inalcanzable, una masa energética, un pedo cósmico. ¿Y si estuvieras por aquí nomás, caminando entre nosotros, carne y sangre y huesos, riéndote bajo el disfraz? A ver, desmentilo.
—¡BWHAHAHA! Si esa burrada fuera cierta, ¿qué?
—Vos tenés poder, pero nosotros somos muchos. Te caeríamos encima hasta hacerte pedazos. Y te comeríamos, claro. Nosotros te amamos.
—Aloooo.
—Ahí estás, viejo de mierda. Siempre tan cancherito.
—Soltá que no tengo tiempo.
—Te descubrí, cabrón. Nos mentiste durante miles de años, pero a mí no me jodés más. Nos tenés a todos convencidos de que sos una cosa inalcanzable, una masa energética, un pedo cósmico. ¿Y si estuvieras por aquí nomás, caminando entre nosotros, carne y sangre y huesos, riéndote bajo el disfraz? A ver, desmentilo.
—¡BWHAHAHA! Si esa burrada fuera cierta, ¿qué?
—Vos tenés poder, pero nosotros somos muchos. Te caeríamos encima hasta hacerte pedazos. Y te comeríamos, claro. Nosotros te amamos.
3.3.05
Lejos
Quisiera saber si está bien. Si está, en alguna parte, aunque sea lejos. Quisiera tener la certeza de que me ve, de que nos ve, que desde alguna manera ella puede alcanzarnos, a mí, a nuestros hijos. Que puede saber que estamos bien.
Que la extrañamos. Que Zoe la llama todo el tiempo. Que Jero la piensa. Que yo me estoy consumiendo, pero fiel a mi promesa no puedo seguirla.
A medida que pasaba el tiempo, dudábamos. No podíamos saber hasta dónde llegaban nuestras fuerzas, hasta qué extremo podíamos tirar sin rompernos en pedazos. Mientras la enfermedad nos mataba, a mí y a ella, peléabamos. Pero éramos dos.
Ahora es tan difícil. Me consolaría saber que ella existe, no su cuerpo, hoy un montoncito de cenizas en una pirámide sepultada lejos de aquí, sino su alma. Eso que sé que tenemos; sé que tenemos, sí, porque es lo que me duele. ¿Qué puede ser, sino?
—Prometeme —le pedí una noche, sin poder contener más las malditas lágrimas.
—Te lo prometo —me contestó, con un hilo de voz que se alejaba por el agotamiento—. Si hay algo, si existe algo allá adonde voy, yo siempre voy a ser un ángel para ustedes.
Malvina, ojalá. Ojalá haya algo.
Ojalá estés, en alguna parte, aunque sea lejos.
Que la extrañamos. Que Zoe la llama todo el tiempo. Que Jero la piensa. Que yo me estoy consumiendo, pero fiel a mi promesa no puedo seguirla.
A medida que pasaba el tiempo, dudábamos. No podíamos saber hasta dónde llegaban nuestras fuerzas, hasta qué extremo podíamos tirar sin rompernos en pedazos. Mientras la enfermedad nos mataba, a mí y a ella, peléabamos. Pero éramos dos.
Ahora es tan difícil. Me consolaría saber que ella existe, no su cuerpo, hoy un montoncito de cenizas en una pirámide sepultada lejos de aquí, sino su alma. Eso que sé que tenemos; sé que tenemos, sí, porque es lo que me duele. ¿Qué puede ser, sino?
—Prometeme —le pedí una noche, sin poder contener más las malditas lágrimas.
—Te lo prometo —me contestó, con un hilo de voz que se alejaba por el agotamiento—. Si hay algo, si existe algo allá adonde voy, yo siempre voy a ser un ángel para ustedes.
Malvina, ojalá. Ojalá haya algo.
Ojalá estés, en alguna parte, aunque sea lejos.
25.2.05
Odiando a Harry Potter
¿Por qué tanto desprecio a una obra que, por lo que veo, ni siquiera han leído?
He aquí mi opinión. ¡Nadie se ofenda!
Yo trabajo con todo lo que tiene que ver con el entretenimiento, ergo, por necesidad un día agarré a regañadientes el famoso primer libro de Harry Potter. Y quedé maravillado. No crean que soy un completo ignorante, he leído mucho. Sé de Tolkien, de LeGuin, de Ballard, de Weis y Hickman, etc. Los leí, varias veces, y los admiro.
Quedé maravillado con Potter porque me hizo revivir muchas cosas de mi época del colegio. Me hizo volver a la adolescencia, y además en un ambiente que para mí es muy querido: el de la fantasía. Cada libro de Potter es un nuevo año en el colegio, es volver a clases, ir creciendo, encontrar la amistad por primera vez, defenderla, perderla, odiar y amar un profesor, cuidar una mascota, toparse con la inevitable muerte, enamorarse por primera vez. Ese es el secreto de Potter, de la Rowling.
Lo demás es simplemente el entorno.
Un entorno que rebosa de elementos fantásticos. Hay brujas malvadas, pero también bondadosas, decrépitas o no; hay un tipo que cria monstruos y los defiende con todas sus fuerzas, porque los ama; hay espectros que se quejan de su vida pasada, y poltergeist que ponen todo patas arriba; hay seres tenebrosos y otros decididamente grotescos, o cómicos. El mundo de Potter es enormemente rico, aunque la Rowling no haya inventado nada. Lo que hizo esta mujer fue colocar en un nuevo contexto todos los íconos de la fantasía clásica. Eso es lo que, en realidad, hacemos la mayoría cuando escribimos. Todo parece inventado, pero la gracia es volver a contarlo, porque el arte de contar es lo que vale, el cómo se hace.
Además, en mi humilde opinión, utiliza una técnica narrativa impecable. Sus libros no son aburridos, la escritura es fluida, y provoca las sensaciones correctas en los momentos apropiados. No sé si sea mérito de la Rowling o tiene -más probablemente- un ejército de correctores de estilo.
Tampoco es malo que sea masivo. No me pongo a la defensiva en ese terreno. Creo que deberíamos tratar de escribir para la mayor cantidad de gente posible, no sólo para los entusiastas de un género en particular.
Cuando mis hijos alcancen la edad del colegio, no voy a dudar en instarlos a que lean los libros de Harry Potter. Hogwarts es un lugar fascinante para un adolescente. Y también para un adulto como yo que recuerde con nostalgia sus años de secundaria. Antes de su adolescencia, los chicos no los pueden leer ni disfrutar, porque no han tenido la experiencia de estar en el colegio, nunca fueron conscientes de estar creciendo, no han experimentado ninguna de las emociones que recrea Potter. No les puede interesar porque sólo con el entorno fantástico no le alcanza a la Rowling, ni a nadie.
En cuanto a las películas... como toda película es un distante reflejo de lo que el libro puede ofrecer. Tienen un mérito grande: todo es muy parecido a lo que uno se imagina leyendo los libros. Aunque eso también tiene que ver con la autora: escribe con claridad meridiana, con sencillez, con lo mínimo justo.
Bueno... no me peguen. Hay cosas muchísimo, muchísimo mejores que la saga de Harry Potter, pero no es una obra menor, ni despreciable. Ofrece mucho que aprender para gente como nosotros; y además nos beneficia, porque como ya se ha dicho tantas veces la Rowling logró que la literatura -en especial la fantástica- interese de nuevo a la juventud. Pero su éxito no es tan sólo el fruto de una extensa campaña de mercadeo. Anímense a experimentar librándose de todas las convenciones sobre el género, y léanlo. Podrían retornar a un mundo muy querido, ese que capaz ya no recuerdan.
He aquí mi opinión. ¡Nadie se ofenda!
Yo trabajo con todo lo que tiene que ver con el entretenimiento, ergo, por necesidad un día agarré a regañadientes el famoso primer libro de Harry Potter. Y quedé maravillado. No crean que soy un completo ignorante, he leído mucho. Sé de Tolkien, de LeGuin, de Ballard, de Weis y Hickman, etc. Los leí, varias veces, y los admiro.
Quedé maravillado con Potter porque me hizo revivir muchas cosas de mi época del colegio. Me hizo volver a la adolescencia, y además en un ambiente que para mí es muy querido: el de la fantasía. Cada libro de Potter es un nuevo año en el colegio, es volver a clases, ir creciendo, encontrar la amistad por primera vez, defenderla, perderla, odiar y amar un profesor, cuidar una mascota, toparse con la inevitable muerte, enamorarse por primera vez. Ese es el secreto de Potter, de la Rowling.
Lo demás es simplemente el entorno.
Un entorno que rebosa de elementos fantásticos. Hay brujas malvadas, pero también bondadosas, decrépitas o no; hay un tipo que cria monstruos y los defiende con todas sus fuerzas, porque los ama; hay espectros que se quejan de su vida pasada, y poltergeist que ponen todo patas arriba; hay seres tenebrosos y otros decididamente grotescos, o cómicos. El mundo de Potter es enormemente rico, aunque la Rowling no haya inventado nada. Lo que hizo esta mujer fue colocar en un nuevo contexto todos los íconos de la fantasía clásica. Eso es lo que, en realidad, hacemos la mayoría cuando escribimos. Todo parece inventado, pero la gracia es volver a contarlo, porque el arte de contar es lo que vale, el cómo se hace.
Además, en mi humilde opinión, utiliza una técnica narrativa impecable. Sus libros no son aburridos, la escritura es fluida, y provoca las sensaciones correctas en los momentos apropiados. No sé si sea mérito de la Rowling o tiene -más probablemente- un ejército de correctores de estilo.
Tampoco es malo que sea masivo. No me pongo a la defensiva en ese terreno. Creo que deberíamos tratar de escribir para la mayor cantidad de gente posible, no sólo para los entusiastas de un género en particular.
Cuando mis hijos alcancen la edad del colegio, no voy a dudar en instarlos a que lean los libros de Harry Potter. Hogwarts es un lugar fascinante para un adolescente. Y también para un adulto como yo que recuerde con nostalgia sus años de secundaria. Antes de su adolescencia, los chicos no los pueden leer ni disfrutar, porque no han tenido la experiencia de estar en el colegio, nunca fueron conscientes de estar creciendo, no han experimentado ninguna de las emociones que recrea Potter. No les puede interesar porque sólo con el entorno fantástico no le alcanza a la Rowling, ni a nadie.
En cuanto a las películas... como toda película es un distante reflejo de lo que el libro puede ofrecer. Tienen un mérito grande: todo es muy parecido a lo que uno se imagina leyendo los libros. Aunque eso también tiene que ver con la autora: escribe con claridad meridiana, con sencillez, con lo mínimo justo.
Bueno... no me peguen. Hay cosas muchísimo, muchísimo mejores que la saga de Harry Potter, pero no es una obra menor, ni despreciable. Ofrece mucho que aprender para gente como nosotros; y además nos beneficia, porque como ya se ha dicho tantas veces la Rowling logró que la literatura -en especial la fantástica- interese de nuevo a la juventud. Pero su éxito no es tan sólo el fruto de una extensa campaña de mercadeo. Anímense a experimentar librándose de todas las convenciones sobre el género, y léanlo. Podrían retornar a un mundo muy querido, ese que capaz ya no recuerdan.
14.2.05
Enamorados
Mi vieja me mira algo torcido, dopada con un calmante. Tiene los párpados pintados de verde, del mismo color del vestido. Unas lucesitas le iluminan el peinado de peluquería. Se ve rara. Todos se ven raros. Yo mismo, duro dentro del esmoquin. Pelos lustrosos, zapatos de alquiler, cincha de raso. Colorado como bolas rascadas.
Levanto la vista, asustado. Cristo me guiña un ojo, colgado ahí arriba. No, qué estoy diciendo. No se mueve. Sólo me pareció, por los nervios.
—Los anillos —dice el cura, mirándome con un solo ojo. El otro ojo es de vidrio. Meto la mano al bolsillo, y le entrego el cubito de terciopelo. Es un sueño, algo así. Los contornos tienen un resplandor como de niebla. Las velas arden por docenas, pequeñas chispitas que a veces se sacuden en un viento inexistente.
—Qué pasa con la novia —pregunta, o mejor dicho dice, el tipo, que es alto como una de las columnas de mármol—. Yo estoy en la sacristía, ahí detrás. Enseguida vuelvo.
—Sí, padre —contesta mi vieja, con la voz traposa.
—¿Qué te pasa, mamá?
—Ay hijo, tu tía Elba me hizo tomar un Alplax. ¡Tengo un sueño! ¿Qué pasará con Malvi que no viene?
—Tal vez se arrepintió —digo, no muy seguro de estar haciendo una broma—, y zafo.
Los minutos pasan. Y pasan. Diez, quince. Una eternidad. El sudor me humedece las manos. Me pica la nariz. No me acuerdo nada de lo ensayado para la ceremonia.
Cinco minutos más tarde, las enormes puertas dobles de madera tallada a mano se sacuden, como en una pesadilla. Pienso en una vieja película, en la que King Kong golpea dos enormes portones hechos con troncos afilados en el extremo superior. Ahí está, viene King Kong. El murmullo constante se intensifica. Todos miramos hacia la entrada de la nave, a las puertas que vuelven a sacudirse. Montón, montón de gente, parientes, amigos inesperados, colados. Entre la congregación distingo cinco o seis ex novias, algunas enojadas, otras sollozando sonoramente.
—¡Ahí llegó! —exclama mi vieja, de repente más despierta.
—Ahí llegó —exclamo yo, de repente muy arrepentido.
—¡Es la novia! —exclaman muchos, y un tipo corre a ayudar con las puertas trabadas, que no ceden a los empujones del exterior. Pero se abren casi con violencia.
Corrientes de música atraviesan el aire dorado. Es la Marcha Nupcial de Mendelssohn. Todos de pie, con la emoción brillando en los ojos. Yo también, tengo un nudo en la garganta. Malvina atraviesa el pasillo entre los bancos atestados de gente, curiosos y paparazzi. Viene del brazo de Gustavo, que está a minutos de pasar de amigo a cuñado. El vestido blanco, que por tradición no he visto hasta ahora, le queda increíble. Tiene un peinado alto, raro. Alguien logró maquillarla para que parezca muy pálida. Me asusta un poco. Ella y su hermano caminan demasiado rápido, porque vienen tarde. Las comadronas les susurran que más despacio, que todo está bien, que se frenen un poco.
—Estás preciosa —le digo al oído, cuando llega a mi altura.
Afuera es 1997. La Plata empieza a cubrirse de hojas con el otoño. Me siento muy, muy feliz.
—En la riqueza y en la pobreza —está diciendo el cura, y eso se me graba en la memoria, a fuego— en la salud y en la enfermedad, y hasta que la muerte los separe.
Levanto la vista, asustado. Cristo me guiña un ojo, colgado ahí arriba. No, qué estoy diciendo. No se mueve. Sólo me pareció, por los nervios.
—Los anillos —dice el cura, mirándome con un solo ojo. El otro ojo es de vidrio. Meto la mano al bolsillo, y le entrego el cubito de terciopelo. Es un sueño, algo así. Los contornos tienen un resplandor como de niebla. Las velas arden por docenas, pequeñas chispitas que a veces se sacuden en un viento inexistente.
—Qué pasa con la novia —pregunta, o mejor dicho dice, el tipo, que es alto como una de las columnas de mármol—. Yo estoy en la sacristía, ahí detrás. Enseguida vuelvo.
—Sí, padre —contesta mi vieja, con la voz traposa.
—¿Qué te pasa, mamá?
—Ay hijo, tu tía Elba me hizo tomar un Alplax. ¡Tengo un sueño! ¿Qué pasará con Malvi que no viene?
—Tal vez se arrepintió —digo, no muy seguro de estar haciendo una broma—, y zafo.
Los minutos pasan. Y pasan. Diez, quince. Una eternidad. El sudor me humedece las manos. Me pica la nariz. No me acuerdo nada de lo ensayado para la ceremonia.
Cinco minutos más tarde, las enormes puertas dobles de madera tallada a mano se sacuden, como en una pesadilla. Pienso en una vieja película, en la que King Kong golpea dos enormes portones hechos con troncos afilados en el extremo superior. Ahí está, viene King Kong. El murmullo constante se intensifica. Todos miramos hacia la entrada de la nave, a las puertas que vuelven a sacudirse. Montón, montón de gente, parientes, amigos inesperados, colados. Entre la congregación distingo cinco o seis ex novias, algunas enojadas, otras sollozando sonoramente.
—¡Ahí llegó! —exclama mi vieja, de repente más despierta.
—Ahí llegó —exclamo yo, de repente muy arrepentido.
—¡Es la novia! —exclaman muchos, y un tipo corre a ayudar con las puertas trabadas, que no ceden a los empujones del exterior. Pero se abren casi con violencia.
Corrientes de música atraviesan el aire dorado. Es la Marcha Nupcial de Mendelssohn. Todos de pie, con la emoción brillando en los ojos. Yo también, tengo un nudo en la garganta. Malvina atraviesa el pasillo entre los bancos atestados de gente, curiosos y paparazzi. Viene del brazo de Gustavo, que está a minutos de pasar de amigo a cuñado. El vestido blanco, que por tradición no he visto hasta ahora, le queda increíble. Tiene un peinado alto, raro. Alguien logró maquillarla para que parezca muy pálida. Me asusta un poco. Ella y su hermano caminan demasiado rápido, porque vienen tarde. Las comadronas les susurran que más despacio, que todo está bien, que se frenen un poco.
—Estás preciosa —le digo al oído, cuando llega a mi altura.
Afuera es 1997. La Plata empieza a cubrirse de hojas con el otoño. Me siento muy, muy feliz.
—En la riqueza y en la pobreza —está diciendo el cura, y eso se me graba en la memoria, a fuego— en la salud y en la enfermedad, y hasta que la muerte los separe.
13.2.05
Esta noche entera
Veo sus labios, sonrientes. Sus ojos brillando con el reflejo de las luces de la calle, las gotas de tormenta cayendo a su alrededor, como en cámara lenta. La tengo a centímetros, apretujada por el frío. El cabello mojado le cae sobre los hombros desnudos. No sé qué está diciendo, pero habla sin parar. Todo el tiempo. No escucho nada, no hay sonidos. Sólo gotas de lluvia. Una ráfaga de viento que me envuelve en su pelo. Mis labios tocan los suyos. Malvi se sorprende; yo también. Es un torbellino aquí adentro, adentro del pecho. El beso, tibio, el primero, el más dulce. Nos arrastra hacia el destino. Un beso, lo aprendo entonces, puede contener esta noche entera.
12.2.05
Padre Nuestro 1
—Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre... ah, ahí estás.
—¿Qué querés ahora?
—Sos un hijo de puta. Estás dormido, o aburrido, o muerto. Nosotros no te importamos un carajo.
—¿Ves todo esto a tu alrededor? Yo lo hice. Yo te hice a vos, gil. Encima querés que me ocupe de cada uno de ustedes. Yo no me meto, es cosa de cada quien.
—¿Para qué nos hacés sufrir, para llegar a dónde? Ya veo que te causa gracia que suframos. O peor, te da lo mismo. ¿Cuándo fue que te volviste tan viejo y tan choto?
—Qué boquita, nene. Mirá, yo soy el Padre, ¿no? Y vos uno de mis hijos. Al principio me amás, soy el modelo a seguir. Llegando a la adolescencia soy el pelotudo, el estúpido, todo lo que digo o hago está equivocado. De grande me respetás de nuevo, o me odiás, depende. O no me das bola. Y de anciano soy tu única esperanza y recién me entendés. La humanidad está en su adolescencia, es todo.
—Sos un hijo de puta. Estás dormido, o aburrido, o muerto.
—¿Qué querés ahora?
—Sos un hijo de puta. Estás dormido, o aburrido, o muerto. Nosotros no te importamos un carajo.
—¿Ves todo esto a tu alrededor? Yo lo hice. Yo te hice a vos, gil. Encima querés que me ocupe de cada uno de ustedes. Yo no me meto, es cosa de cada quien.
—¿Para qué nos hacés sufrir, para llegar a dónde? Ya veo que te causa gracia que suframos. O peor, te da lo mismo. ¿Cuándo fue que te volviste tan viejo y tan choto?
—Qué boquita, nene. Mirá, yo soy el Padre, ¿no? Y vos uno de mis hijos. Al principio me amás, soy el modelo a seguir. Llegando a la adolescencia soy el pelotudo, el estúpido, todo lo que digo o hago está equivocado. De grande me respetás de nuevo, o me odiás, depende. O no me das bola. Y de anciano soy tu única esperanza y recién me entendés. La humanidad está en su adolescencia, es todo.
—Sos un hijo de puta. Estás dormido, o aburrido, o muerto.
Padre Nuestro 2
—Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre...
—Ahá.
—¿No podés aparecer la primera vez que te rezo? Cómo te gusta hacerte rogar.
—Dale, que estoy en otra cosa.
—¡No me digas que estabas haciendo algo! Estoy impresionado.
—Daaale.
—Tengo varias preguntas. Primero, ¿para qué hiciste el Universo?
—Hm. Me sentía solo.
—...¿De verdad?
—Nah.
—Segunda: ¿es cierto que hay vida en otros planetas?
—Es cierto. ¿Listo? Tengo que irme.
—Ultima, ¿cuál es el mundo con vida inteligente más cercano a la Tierra?
—Hay una colonia en Ganímedes, acá nomás. Gente piola.
—¿Y por qué no nos contactan?
—Sólo les interesa los mundos con vida inteligente.
—Andá a cagar.
—Ahá.
—¿No podés aparecer la primera vez que te rezo? Cómo te gusta hacerte rogar.
—Dale, que estoy en otra cosa.
—¡No me digas que estabas haciendo algo! Estoy impresionado.
—Daaale.
—Tengo varias preguntas. Primero, ¿para qué hiciste el Universo?
—Hm. Me sentía solo.
—...¿De verdad?
—Nah.
—Segunda: ¿es cierto que hay vida en otros planetas?
—Es cierto. ¿Listo? Tengo que irme.
—Ultima, ¿cuál es el mundo con vida inteligente más cercano a la Tierra?
—Hay una colonia en Ganímedes, acá nomás. Gente piola.
—¿Y por qué no nos contactan?
—Sólo les interesa los mundos con vida inteligente.
—Andá a cagar.
Padre Nuestro 3
—Padre Nuestro que estás en los Cielos...
—¡Acá estoy!
—A la pipeta. Qué rápido para ser un viejito choto.
—Después te quejás, viteh. ¿Qué querés ahora?
—Tengo más preguntas.
—Shoot.
—¿Es cierto que el Priorato de Sión se ocupó de ocultar a María Magdalena en Francia luego de la crucifixión de tu hijo, y que ella tuvo una hija engendrada por Jesús llamada Sara?
—Falso. Patrañas. A ese Brown se la tengo jurada.
—La historia tiene más de dos mil años...
—Son macanas.
—¡Acá estoy!
—A la pipeta. Qué rápido para ser un viejito choto.
—Después te quejás, viteh. ¿Qué querés ahora?
—Tengo más preguntas.
—Shoot.
—¿Es cierto que el Priorato de Sión se ocupó de ocultar a María Magdalena en Francia luego de la crucifixión de tu hijo, y que ella tuvo una hija engendrada por Jesús llamada Sara?
—Falso. Patrañas. A ese Brown se la tengo jurada.
—La historia tiene más de dos mil años...
—Son macanas.
11.2.05
En el final
Un crujido en la silla del otro lado del escritorio. Alcé los ojos y ahí estaba, otra vez.
El Eternauta, mirándome con esos ojos que habían visto tanto.
Durante un largo rato se quedó ahí, mirando sin ver el tintero, los libros, los papeles desordenados sobre el escritorio.
—Te conté de Hiroshima... —dijo y apoyó la cabeza ya blanca sobre la mano—. Te conté de Pompeya...
Hizo una pausa, me miró sin verme; de pronto sonrió.
—Ni yo mismo sé por qué te hablo de todo eso... —y la voz le venía de quién sabe qué eternidad de espanto, de quién sabe qué inmensidad de dolor y angustia—. Quizá te hablo de todo esto para borrar con otro horror el horror que trato de olvidar. Mientras cuento vuelvo a vivir lo que cuento... Y si hablo de Hiroshima, si hablo de Pompeya, olvido el horror máximo que me tocó vivir. ¿Qué fue Pompeya, qué fue Hiroshima al lado de Buenos Aires arrasado por la nevada?
Héctor G. Oesterheld, El Eternauta / Abril de 1962
El Eternauta, mirándome con esos ojos que habían visto tanto.
Durante un largo rato se quedó ahí, mirando sin ver el tintero, los libros, los papeles desordenados sobre el escritorio.
—Te conté de Hiroshima... —dijo y apoyó la cabeza ya blanca sobre la mano—. Te conté de Pompeya...
Hizo una pausa, me miró sin verme; de pronto sonrió.
—Ni yo mismo sé por qué te hablo de todo eso... —y la voz le venía de quién sabe qué eternidad de espanto, de quién sabe qué inmensidad de dolor y angustia—. Quizá te hablo de todo esto para borrar con otro horror el horror que trato de olvidar. Mientras cuento vuelvo a vivir lo que cuento... Y si hablo de Hiroshima, si hablo de Pompeya, olvido el horror máximo que me tocó vivir. ¿Qué fue Pompeya, qué fue Hiroshima al lado de Buenos Aires arrasado por la nevada?
Héctor G. Oesterheld, El Eternauta / Abril de 1962
10.2.05
Pregunta de ultratumba
Si los fantasmas no fueran afectados por la gravedad, tendrían que estar continuamente calculando sus movimientos para permanecer en una posición relativa a la Tierra (que gira sobre su eje, que gira a su vez alrededor del sol, el que a su vez pertenece a una galaxia espiralada en movimiento, etc). O sea, los fantasmas tendrían que surfear en el espacio permanentemente, por lo que se los vería siempre concentrados en esa tarea, sin mucho tiempo para abrir puertas rechinantes o tratar de arrastrar cadenas o leer diarios viejos. ¿O es que ya tendrán incorporado a sus instintos una especie de GPS (sistema de posicionamiento global) que les facilita la tarea?
Ahora, hablando en serio, ¿por qué algunos fantasmas heredan una versión fantasmal de la ropa que vestía su cadáver? ¿La ropa también muere? Sin embargo tengo la sospecha de que los fantasmas nacen desnudos. Me consta que muchos de ellos han tenido la decencia de cubrirse con una manta.
Leonardo Panthou, La Iniciativa / Enero de 2005
Ahora, hablando en serio, ¿por qué algunos fantasmas heredan una versión fantasmal de la ropa que vestía su cadáver? ¿La ropa también muere? Sin embargo tengo la sospecha de que los fantasmas nacen desnudos. Me consta que muchos de ellos han tenido la decencia de cubrirse con una manta.
Leonardo Panthou, La Iniciativa / Enero de 2005
Pájaros prohibidos
Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.
Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel. Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:
—¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?
La niña lo hace callar:
—Shhhhh...
Y en secreto le explica:
—Bobo, ¿no ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.
Eduardo Galeano
Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel. Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:
—¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?
La niña lo hace callar:
—Shhhhh...
Y en secreto le explica:
—Bobo, ¿no ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.
Eduardo Galeano
Mini tratado anti-romántico
A la manera en que las mujeres lo conciben, el romanticismo es un exceso de planificación: mata la emoción del momento. Lo que debiera ser una rareza lo quieren repetir indefinidamente y con resultados garantizados. Están empecinadas en planificar la espontaneidad, y no me extraña que en la confidencialidad de sus charlas compartan experiencias enumeradas en un breve menú de comida al paso que saben de memoria. Lo que no entiendo es, ¿por qué insisten? Quizás deban ser ustedes las primeras en renegar del romanticismo; tengan esa valentía.
Marcelo Ríos
Marcelo Ríos
Deseo
A veces me quedo un rato largo en el patio mirando el movimiento de las hojas en los árboles, y miro el cielo, las nubes que pasan despacito arriba, más rápido abajo. Una bandada de pájaros va muy alto. Todo se mantiene en movimiento. Casi puedo sentir el eco distante en los huesos, la continua rotación del mundo, como cuando era chico y me acostaba sobre el techo de mi casa, allá en Salta, mirando el viaje de la humanidad entre las estrellas. Y entonces regreso más cerca, en tiempo y espacio, al movimiento de los árboles, al baile de sombras sobre la tumba. Tendría que ir.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Te acordás que en la Plaza Moreno hay una fuente donde pedís deseos tirando una piedrita?
—Claro, cómo no me voy a acordar —digo, saliendo de mi abstracción para mirar los ojos luminosos, la misma sonrisa amplia, el pelito brillando al sol. Por suerte ellos, mis hijos, no sufren de igual manera que un adulto.
—¿Y por qué la baba me dijo que en las fuentes se tiran moneditas?
—Eso era antes, Jero. Ahora la gente no tira monedas, se usan piedritas.
El enano me pone un manojo de pasto en la mano, y me hace tirarlo para arriba. Da un gritito de alegría. Los pastitos vuelan, una diminuta tormenta verde que gira en la brisa.
—Deseo que mamá, donde quiera que esté, esté bien y ya no le duela la pierna.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Te acordás que en la Plaza Moreno hay una fuente donde pedís deseos tirando una piedrita?
—Claro, cómo no me voy a acordar —digo, saliendo de mi abstracción para mirar los ojos luminosos, la misma sonrisa amplia, el pelito brillando al sol. Por suerte ellos, mis hijos, no sufren de igual manera que un adulto.
—¿Y por qué la baba me dijo que en las fuentes se tiran moneditas?
—Eso era antes, Jero. Ahora la gente no tira monedas, se usan piedritas.
El enano me pone un manojo de pasto en la mano, y me hace tirarlo para arriba. Da un gritito de alegría. Los pastitos vuelan, una diminuta tormenta verde que gira en la brisa.
—Deseo que mamá, donde quiera que esté, esté bien y ya no le duela la pierna.
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